domingo, 11 de marzo de 2012

Platón VS Sofistas



Los sofistas fueron un grupo de pensadores e intelectuales griegos que floreció en época de democracia, la segunda mitad del siglo V a. C.
Lo primero a señalar de los sofistas es que fueron los primeros profesionales de la enseñanza, cobraban por enseñar y además hacer de esta un medio de vida.
Estos centraban su forma de educar en formar a los ciudadanos para ser capaces de acceder al poder y a cargos de responsabilidad política. Como estos (los sofistas) no podían ejercer en la política por ser extranjeros (al menos la gran mayoría), formaban gente que siguiese sus principios, para de algún modo, introducirse en ésta y ejercer indirectamente.

El método de estudio era infundir, inculcar el don de convencimiento en los futuros políticos mediante el diálogo, la persuasión, discursos, dominio de la retórica, de la oratoria. Al margen de ser verdad o mentira lo que digan, ya que la verdad, la consideran relativa y hasta inexistente.

Éstos, tuvieron en su contra sectores partidarios de la tradición y de las antiguas formas de gobierno.
Aunque la palabra sofista signifique “sabio”, con el tiempo les cambiaron esto por el sentido peyorativo de “hábil engañador”, por sus métodos de política. Otro que opinaba así, era Platón, por el  hecho de que para él son impostores que ocultan su ignorancia por medio de la palabrería.

            Platón, aprendiz de Sócrates, vivió esta época, no estaba de acuerdo con los sofistas, como ya he dicho, tanto que este rechaza la mayoría de las teorías filosóficas defendidas por estos.
Estas teorías son el relativismo, el escepticismo, el convencionalismo y el empirismo político.

-El relativismo: Estos defienden que las verdades absolutas no existen. Claramente para             Platón, no hay que confundir entre la apariencia , lo que parece verdad, y lo que es la verdad, en sí. Por ello, Platón dice que una cosa es conocer verdaderamente algo y  otra muy distinta es opinar sobre este algo. Por ello afirma que los sofistas son escépticos, lo que me lleva al siguiente punto.

-El escepticismo: Los sofistas piensan que los humanos no podemos estar absolutamente seguros de nada, que conocer la verdad es imposible, ya que  para estos la razón humana es incapaz de ofrecer un conocimiento objetivo ni verdades universales y completamente objetivas. El lenguaje solo servía para lo que hacían ellos con él, persuadir, emocionar y convencer.

Platón, junto a Sócrates, pensaban justamente lo contrario, que sí que éramos capaces de con un gran conocimiento respaldándonos, llegar a  expresar una concepción objetiva de alguna idea, concepto.

-El convencionalismo: Con esto afirman que las leyes y la moral están directamente relacionadas con el momento histórico. Además, nada impide que sean de otro modo, solo que es así por conveniencia social o por tradición. El convencionalismo está estrechamente asociado al relativismo moral, que afirma que lo justo, lo bueno, lo malo,.. Dependen de cada  pueblo o época.

Para Platón, este relativismo eran simples opiniones de la idea de justicia, del bien, del    mal,...Ya que las cosas, estos conceptos, son soMbras/reflejos pobres de las ideas que son intocables, con un “significado” inmutable. No la opinión de la mayoría, como afirma el empirismo político.

-El empirismo político: En esta teoría se considera que la definición de lo “malo, bueno, justo”, es lo que diga la mayoría, sin pararse a considerarse si sea cierto. Bueno como ya he dicho que piensa Platón, esta definición que da la sociedad de estos términos, solo es una opinión de la mayoría.
Solo estudiaban lo que a la mayoría le parecía “justo y bueno”, para darle eso a la sociedad, lo que quieren, algo que a Platón no le parecía correcto.
En conclusión, como hemos podido apreciar, Platón no estaba de acuerdo con la forma de hacer política de la sociedad de esta época, por ello, y por los conocimientos que tenía decidió que lo mejor era que la filosofía interviniese en la política. Y es lo que con el tiempo puso en práctica formando futuros políticos-filósofos.

La legitimidad democrática



                                 

Por legitimidad política se entiende normalmente la aceptación por parte de los gobernados de las razones que dan los gobernantes para justificar su acceso al poder. Como bien se sabe, estas razones pueden variar considerablemente, desde las más irracionales (magia, poderes, sobrenaturales, etc.) hasta las más apegadas a la razón. El Estado moderno se caracteriza, entre otras cosas, por sustentarse en un tipo de legitimidad que apela a la voluntad popular como su base fundamental. Prácticamente todos los regímenes modernos buscan este tipo de legitimidad, por muy autoritarios o totalitarios que sean. Tratan de presentarse como gobiernos auténticamente democráticos.
Así, en la medida en que la idea de soberanía popular se fue imponiendo como principio de la legitimidad política en el mundo moderno, se intensificó la demagogia, en su sentido más amplio, para lograr un mínimo de legitimidad democrática, pues, como es bien conocido por los teóricos políticos, ningún Estado puede prescindir durante mucho tiempo de un cierto grado de legimitidad, así como tampoco puede
abandonar totalmente el uso o la amenaza de coerción.
Ahora bien, los usos que han de darse a la demagogia varían según las características específicas de cada sistema político. Así, la clasificación general de los sistemas políticos modernos en democráticos, autoritarios y totalitarios, implica que en cada uno de estos tipos la demagogia adquiere diferentes matices.
Según la anterior tipología, la democracia política moderna se caracteriza principalmente por:

a) La posibilidad real de que más de un grupo político alterne en el poder periódicamente.
b) La existencia de una asamblea, congreso o parlamento que tenga la facultad real de oponerse al poder ejecutivo, sirviendo de freno y contrapeso de éste.
c) Sufragio efectivo universal para la designación de los puestos políticos más importantes de la nación, contando por supuesto con la participación en la contienda de más de un candidato a cada cargo.
d) Pluralismo ideológico y libertad irrestricta de expresión.
Existen otras características de la democracia, pero por ahora nos interesa destacar éstas. El rasgo general de la democracia consiste en que sus instituciones permiten de alguna forma participar a las bases en el proceso de toma de decisiones.

Los regímenes autoritarios y totalitarios modernos, por su parte, comparten el rasgo de que sus instituciones están orientadas a canalizar y mediatizarla participación política de las masas para mantener la estabilidad del régimen, pero evitando en lo posible que éstas tomen parte en la toma de decisiones. Las decisiones fluyen en uno y otro sistema, fundamentalmente desde la cúspide hacia abajo. Aunque la s características formales de la democracia aparecen en las constituciones de estos régimenes, su funcionamiento real tiene poco que ver con ellas.
No obstante, existen diferencias fundamentales entre los sitemas autoritarios y totalitarios. Los sistemas autoritarios, en general, son más flexibles en su dominación, permiten la existencia de una oposición formal -casi siempre sin posibilidades de acceso al poder y sin influencia en la toma de decisiones- un margen más amplio de libertad de expresión y disidencia, y una menor intervención del Estado en múltiples actividades sociales y económicas. Todo esto tiene la consecuencia de que un régimen autoritario aparezca como mucho más democrático que uno totalitario, y esto es capitalizado por las élites políticas del primero.
Tomando en cuenta lo anterior, hemos mencionado que la demagogia adquiere distintas modalidades en los diferentes regímenes políticos. En los sistemas auténticamente democráticos la demagogia también existe, pero no busca una legitimación democrática, pues la obtiene de su propio funcionamiento. Como ahí la ciudadanía sí decide el triunfo de uno u otro candidato, éstos deben buscar el favor popular para lograr el éxito político. Para ello pueden hacer uso de la demagogia, prometiendo lo que el electorado exige, y profesando públicamente las ideas más populares del momento, independientemente de sus convicciones reales.
Lo anterior puede ser válido para México, hasta cierto punto, en la medida en que se respete el voto ciudadano. Pero se puede decir que, debido a la práctica del fraude electoral, y al hecho de que los procesos internos del PRI están lejos de ser democráticos, la nominación y el triunfo de los candidatos depende en muy poco de la decisión popular.
Aunado a lo anterior, tenemos la continua insistencia por parte de los gobiernos post-revolucionarios formados por el partido oficial de que mantiene vivos los ideales y fines de la revolución mexicana, aun cuando cada vez es más evidente que se trata de mera retórica.
La amplia ideología de la revolución mexicana ha sido, y probablemente seguirá siendo, una vasta e inagotable fuente de demagogia, en su función legitimadora.